Introducción
Queremos, recibir reconocimiento, conservar una relación, tener un móvil o un coche mejor, disfrutar de una experiencia perfecta o conseguir que las cosas salgan como habíamos imaginado. Tener deseos y objetivos forma parte de la vida. El problema comienza cuando dejamos de decir «me gustaría que ocurriera» y, casi sin darnos cuenta, empezamos a pensar «necesito que ocurra para estar bien».
Ahí nace el apego.
Durante mucho tiempo me ha interesado este tema. El budismo lleva siglos señalando que buena parte de nuestro sufrimiento no procede de lo que sucede, sino de nuestro intento de aferrarnos a personas, experiencias, posesiones y resultados. Comprenderlo intelectualmente no resulta demasiado difícil, pero onerlo en práctica es otra historia.
Vivimos en una sociedad que nos anima constantemente a querer más, conseguir más y demostrar más. No basta con hacer un buen trabajo: queremos que sea reconocido. No basta con disfrutar con ciertas personas: queremos disfrutar más veces y que ellas también lo hagan con nosotros. No basta con compartir algo valioso: necesitamos comprobar cuántas personas lo han visto, comentado o recomendado.
Desde que comencé a escribir libros, he podido observar este mecanismo en mí mismo. Quiero que mis libros lleguen a más personas porque creo sinceramente que pueden ayudarlas. Ese deseo creo que es legítimo, sin embargo, a veces termino mirando repetidamente las ventas, las campañas publicitarias, las posiciones en Amazon o las reseñas. Y entonces ya no estoy escribiendo o promocionando desde la ilusión, sino buscando en los resultados una tranquilidad que nunca pueden garantizarme.
Hoy puede aparecer una venta y sentir satisfacción. Mañana puede no aparecer ninguna y sentir frustración. El dato cambia, y mi estado de ánimo cambia con él. En ese momento, el problema no es la venta ni su ausencia. El problema es haber entregado mi bienestar a algo que no controlo completamente.
¿Cómo se forma un apego?
El apego suele comenzar de una manera inocente.
Primero entramos en contacto con algo que nos produce placer, seguridad o reconocimiento. Puede ser una persona, un teléfono móvil, un cigarrillo, una fiesta, una compra, una cifra de ventas o un mensaje de aprobación.
Después deseamos repetir esa sensación.
Finalmente, nuestra mente establece una asociación peligrosa:
«Esto me hace sentir bien; por tanto, necesito esto para ser feliz».
Lo que inicialmente era una preferencia se convierte en una necesidad psicológica. Ya no disfrutamos libremente de aquello que tenemos. Empezamos a temer perderlo.
El apego no dice:
«Disfruto de esto mientras está presente».
Dice:
«Esto no puede desaparecer, porque sin ello no podré estar bien».
Y desde ese instante aparecen la vigilancia, el miedo, el control y la ansiedad.
Disfrutar no es aferrarse
Una de las confusiones más frecuentes consiste en pensar que desapegarse significa renunciar a todo, no tener aspiraciones o dejar de disfrutar.
A mí me ha pasado, pero NO ES ASÍ.
Podemos amar profundamente a una persona sin pensar que nos pertenece. Podemos trabajar para alcanzar un objetivo sin hacer depender de él nuestra autoestima. Podemos disfrutar de un teléfono, de un viaje o de una celebración sin creer que nuestra felicidad depende de repetir esa experiencia.
La diferencia está en nuestra relación interior con aquello que deseamos.
Podemos decir:
Quiero que mi relación continúe, pero sé que no puedo controlar completamente a la otra persona.
Quiero que mi proyecto tenga éxito, pero su resultado no determina mi valor.
Quiero disfrutar de esta fiesta, pero no necesito ni puedo pretender que todo sea perfecto.
Me gusta utilizar el móvil, pero no quiero sentirme incapaz de estar sin mirarlo.
Quiero vender libros, pero no voy a convertir cada venta en una valoración de mi trabajo o de mí mismo.
El DESAPEGO no elimina el deseo, LO QUE ELIMINA ES LA EXIGENCIA.
No consiste en decir «me da igual», sino en poder decir:
«Me importa, haré lo que esté en mi mano y aceptaré que el resultado final no depende enteramente de mí».
Cuando una relación termina
Las rupturas sentimentales muestran con especial claridad el funcionamiento del apego.
Cuando una persona decide terminar una relación, es normal que la otra sienta dolor. Ha perdido compañía, proyectos compartidos, rutinas, intimidad y una imagen del futuro. Ese duelo no debe despreciarse ni interpretarse como una debilidad.
No todo el dolor de una ruptura es apego. Parte del sufrimiento es una respuesta humana y natural ante una pérdida.
Sin embargo, el apego puede intensificarlo enormemente.
Aparece en pensamientos como:
«Sin esa persona nunca volveré a ser feliz».
«Necesito que cambie de opinión».
«No puedo aceptar que rehaga su vida».
«Todo lo que habíamos vivido debería garantizar que siguiera conmigo».
- «Hace unos días me dijo que me quería, debería de quereme todavía».
«Si me ha dejado, significa que no valgo lo suficiente».
«Mi futuro solo tenía sentido a su lado».
En estos casos, al dolor de la pérdida se añade una lucha contra la realidad. No solo echamos de menos a la persona: exigimos que vuelva para poder recuperar nuestra estabilidad.
Pero amar a alguien no concede el derecho a retenerlo.
Podemos reconocer que una relación fue valiosa, agradecer lo vivido y sentir tristeza por su final. Al mismo tiempo, podemos aceptar que ninguna persona está obligada a permanecer a nuestro lado para sostener nuestra felicidad.
Desapegarse no significa borrar los recuerdos ni dejar de sentir. Significa dejar de pelear para que el pasado vuelva a ser presente.
La pregunta que puede ayudarnos no es:
«¿Cómo consigo que vuelva?».
Deberíamos preguntarnos:
«¿Qué parte de mí cree que no puede continuar sin esta persona?».
Esa es la clave, la propia pregunta abre el camino hacia la recuperación.
El apego a los resultados
Algunos apegos son evidentes, pero otros se esconden detrás de actitudes socialmente admiradas. Y es que en la sociedad actual basada en el aparente éxito profesional y personal se premia una serie de comportamientos y consecución de objetivos.
Una persona puede parecer muy trabajadora, comprometida y ambiciosa. Sin embargo, detrás de su actividad puede existir un miedo constante a no conseguir suficiente reconocimiento.
Agunas situaciones donde encontramos apego al resultado pueden ser:
Consultamos continuamente las ventas de un producto.
Revisamos las estadísticas de una publicación cada pocos minutos.
No disfrutamos del trabajo porque solo pensamos en su repercusión.
Interpretamos una cifra baja como un fracaso personal.
Sentimos que descansar es perder oportunidades.
Encadenamos una estrategia tras otra porque nunca parece suficiente.
Posponemos la satisfacción hasta alcanzar la siguiente meta.
El problema no es comprobar los resultados ya que necesitamos datos para tomar decisiones. El problema es hacerlo compulsivamente, intentando obtener una seguridad emocional que los datos nunca proporcionarán.
Una cifra puede informarnos, pero no puede decirnos cuánto valemos.
Siguiendo en mi propio ejemplo, puedo revisar periódicamente las ventas y las campañas para aprender y mejorar, eso forma parte del trabajo. Pero mirar varias veces al día sin que exista ninguna decisión nueva que tomar no mejora la estrategia, solo alimenta la inquietud.
Puedo escribir, comunicar, invertir razonablemente en publicidad y aprender de los resultados. Después tengo que permitir que el proceso siga su curso.
Mi responsabilidad está en la acción, pero el resultado pertenece al mercado, al momento, a los lectores y a muchas circunstancias que no puedo controlar.
Apegos cotidianos que apenas reconocemos
No solo nos apegamos a grandes objetivos o relaciones. También lo hacemos con pequeños estímulos diarios.
El teléfono móvil
Miramos el móvil al despertarnos, mientras esperamos, cuando estamos incómodos o en cuanto aparece un momento de silencio. No siempre buscamos información. Muchas veces buscamos una pequeña descarga de novedad que nos evite estar presentes.
El problema no es utilizar el teléfono, sino sentir que cualquier instante sin estímulo debe ser llenado. Posiblemente no te sientas cómodo sin hacer nada, quizá porque piensas que estás perdiendo el tiempo o quizá no soportas estar a solas con tus pensamientos. Te animo a que pruebes a hacerlo unos minutos al día y comentes tus sensaciones.
Una celebración perfecta
Podemos preparar durante semanas una fiesta, una cena o unas vacaciones. Imaginamos cómo deberían salir y nos aferramos a esa expectativa. Si llueve, alguien se retrasa o el lugar no responde como esperábamos, dejamos de disfrutar de todo lo que sí está ocurriendo.
Nos apegamos tanto a la experiencia imaginada que rechazamos la experiencia real.
El tabaco o determinados alimentos
El cigarrillo puede quedar asociado al descanso, la conversación o el alivio del estrés. Con el tiempo, la mente deja de pensar «fumar me produce una sensación agradable» y pasa a pensar «necesito fumar para tranquilizarme».
Algo parecido puede ocurrir con la comida, el alcohol, las compras o cualquier conducta que utilicemos para regular nuestras emociones.
La opinión de los demás
Publicamos algo en Redes Sociales y esperamos una reacción rápida. Si llega, sentimos satisfacción. Si no llega o tarda un poco, dudamos de nosotros mismos. Sin darnos cuenta, permitimos que nuestra autoestima fluctúe según las respuestas externas.
Nuestra propia imagen
También podemos apegarnos a la idea que tenemos de nosotros mismos: ser fuertes, competentes, responsables, productivos o buenas personas. Cuando alguien cuestiona esa imagen, reaccionamos de manera desproporcionada porque no sentimos que esté criticando una conducta, sino amenazando nuestra identidad.
El coste oculto del apego
Todo apego promete seguridad, pero termina produciendo miedo.
Cuanto más creemos necesitar algo, más tememos perderlo. Cuanto más tememos perderlo, más tratamos de controlarlo. Y cuanto más intentamos controlarlo, menos capaces somos de disfrutarlo.
El apego nos hace vivir pendientes de preguntas como:
¿Seguirá queriéndome?
¿Conseguiré el resultado esperado?
¿Y si las ventas bajan?
¿Y si alguien me supera?
¿Y si esta experiencia no se repite?
¿Y si pierdo lo que he conseguido?
Podemos tener aquello que deseábamos y, aun así, no estar en paz porque ya estamos anticipando su pérdida.
El apego convierte el placer en preocupación.
Cómo empezar a practicar el desapego
Desapegarnos no suele ocurrir mediante una decisión repentina. Es una práctica diaria de observación, aceptación y entrenamiento interior. A continuación te propongo unos pasos a seguir.
1. Identifica aquello de lo que depende tu estado de ánimo
Observa qué acontecimientos tienen demasiado poder sobre ti.
¿Qué temes perder?
¿Qué resultado necesitas para sentirte tranquilo?
¿Qué persona crees que debería actuar de una determinada manera?
¿Qué experiencia intentas repetir?
Una señal clara de apego aparece cuando pensamos:
«Solo estaré bien si sucede esto».
2. Distingue entre preferencia y necesidad
En mi opinión, aquí está la clave, en la diferencia entre estas dos palabras. Transforma conscientemente el lenguaje interior.
En lugar de:
«Necesito que mi proyecto funcione».
Prueba con:
«Deseo que funcione y voy a trabajar para conseguirlo, pero podré seguir adelante aunque el resultado sea diferente».
En lugar de:
«Necesito que esta persona vuelva».
Prueba con:
«Me gustaría que volviera, pero respeto su libertad y aprenderé a reconstruir mi vida».
También podemos llevarlo a situaciones mucho más cotidianas.
En lugar de:
«Necesito que estas vacaciones salgan perfectas».
Podemos pensar:
«Quiero disfrutarlas y las he preparado con ilusión, pero aceptaré los imprevistos sin permitir que arruinen toda la experiencia».
En lugar de:
«Necesito que esta persona me responda».
Podemos decirnos:
«Me gustaría recibir una respuesta, pero mi tranquilidad no puede depender de cuándo llegue ni de cuál sea».
En lugar de:
«Necesito mirar el móvil para saber si ha ocurrido algo».
Podemos cambiarlo por:
«Tengo ganas de comprobarlo, pero puedo esperar. No necesito responder inmediatamente a cada impulso».
En lugar de:
«Necesito fumar para relajarme».
Podemos empezar a reconocer:
«He asociado el cigarrillo con la sensación de alivio, pero puedo aprender otras formas de atravesar esta incomodidad».
En lugar de:
«Necesito que los demás valoren lo que hago».
Podemos pensar:
«Me gusta sentirme reconocido, como a cualquiera, pero la reacción de los demás no determina el valor de lo que hago ni el mío propio».
E incluso ante algo material:
«Me encanta este coche, este teléfono o esta casa y disfruto teniéndolos, pero mi bienestar no debería depender de conservarlos».
Este cambio de lenguaje parece pequeño, pero modifica profundamente nuestra relación con lo que deseamos.
La preferencia dice:
«Quiero que ocurra».
El apego añade:
«Y necesito que ocurra para poder estar bien».
Este cambio no va a eliminar el dolor, pero reduce mucho la lucha mental que lo multiplica porque estás aceptando tu realidad.
3. Separa la acción del resultado
Pregúntate:
«¿Qué depende de mí en este momento?».
Quizá dependa de ti cuidar una relación, revisar unos datos, pedir ayuda, entrenar, disculparte o abandonar un hábito.
Pero no depende completamente de ti que alguien te ame, que un libro se venda, que una publicación tenga likes o que todas las circunstancias sean favorables.
Actúa sobre lo que controlas y deja de exigir garantías sobre lo que no controlas.
4. Establece límites a la comprobación
Cuando existe apego a las cifras o a las respuestas, conviene crear reglas concretas.
Por ejemplo:
- No comprobar repetidamente si una persona ha leído o respondido un mensaje.
Analizar datos una vez por semana.
No consultar las estadísticas durante las primeras horas después de publicar.
Dejar el teléfono fuera de la habitación durante determinados periodos.
La mente dirá que necesita mirar una vez más. Pero esa consulta rara vez aporta información nueva. Lo que busca es aliviar momentáneamente la incertidumbre.
5. Aprende a permanecer con la incomodidad
Cada vez que no cedemos al impulso de comprobar, controlar o repetir una conducta, aparece cierta incomodidad.
No necesitamos eliminarla inmediatamente.
Podemos respirar y observar:
«Ahora mismo siento ansiedad porque quiero saber el resultado».
«Tengo el impulso de mirar el teléfono».
«Quiero escribirle porque temo que me olvide».
La emoción puede estar presente sin dirigir nuestra conducta. Al comprobar que somos capaces de tolerarla, el apego comienza a debilitarse.
6. Amplía tu vida
Cuando toda nuestra atención se concentra en una persona, un objetivo o una actividad, cualquier amenaza sobre ese elemento parece destruirlo todo.
Por eso es importante conservar diferentes fuentes de sentido: familia, amistades, trabajo, aprendizaje, ejercicio, descanso, creatividad, servicio y vida interior.
No se trata de sustituir un apego por muchos. Se trata de recordar que la vida es más amplia que aquello que en este momento ocupa nuestra mente. Tienes muchas cosas importantes en tu vida, pero el apego a algo te nubla la vista.
7. Agradece sin intentar poseer
Podemos mirar a una persona, un logro o una experiencia y pensar:
«Agradezco que formes parte de mi vida, aunque no pueda garantizar cuánto tiempo permanecerás».
Esta actitud nos permite disfrutar con más intensidad y menos miedo.
Nada se vuelve menos valioso porque sea temporal. De hecho, muchas cosas son valiosas precisamente porque no durarán para siempre.
8. Repite una frase de entrega
Cuando hayas realizado lo que razonablemente depende de ti, puedes cerrar el proceso con una frase:
«He hecho mi parte. Ahora permito que la vida haga la suya».
O también:
«Tengo una intención, pero no necesito controlar el resultado».
No es una excusa para la pasividad. Es una forma de evitar que la acción responsable se convierta en obsesión.
Un ejercicio diario para soltar los resultados
Si te cuesta mucho desapegarte y reconoces que tienes varios apegos, te propongo este ejercicio que tienes que hacer con una libreta y un bolígrafo.
Al final del día, dedica cinco minutos a responder estas preguntas:
¿A qué resultado me he apegado hoy?
¿Cómo ha condicionado mi estado de ánimo?
¿Qué parte de la situación dependía realmente de mí?
¿Qué he hecho bien, independientemente del resultado?
¿Qué necesito dejar de controlar esta noche?
Después puedes cerrar los ojos, respirar lentamente y repetirte:
«Puedo tener deseos sin convertirme en prisionero de ellos.
Puedo amar sin poseer.
Puedo trabajar con compromiso sin medir mi valor por el resultado.
Puedo disfrutar de esta etapa sin exigir que permanezca.
Hoy hago mi parte y suelto lo demás».
Seguir escuchando la música
Como decía Athony de Mello, la vida se parece a una sinfonía en la que cada nota aparece, suena durante un instante y desaparece para dejar espacio a la siguiente.
Por desgracia, nuestra tendencia es intentar retener las notas que nos gustan: una relación, una persona, un éxito, una etapa de nuestra vida, una posesión, una determinada imagen de nosotros mismos o un resultado que deseamos alcanzar.
Queremos que esa persona permanezca.
Que el proyecto funcione.
Que el cuerpo responda siempre como antes.
Que una buena etapa no termine.
Que una experiencia vuelva a repetirse exactamente igual.
Que aquello que hemos conseguido no desaparezca.
Pero cuando intentamos detener la música, dejamos de escucharla.
Desapegarse no consiste en permanecer distante mientras la vida pasa. Es justamente lo contrario: significa implicarnos plenamente, amar, trabajar, disfrutar y perseguir aquello que consideramos valioso, pero sin convertirlo en una condición indispensable para estar en paz.
Podemos cuidar una relación sin poseer a la otra persona.
Podemos perseguir un objetivo sin medir nuestro valor por el resultado.
Podemos disfrutar de lo que tenemos sin vivir continuamente con miedo a perderlo.
Podemos agradecer una etapa de nuestra vida sin exigir que dure para siempre.
Podemos tener deseos sin convertirlos en necesidades.
Quizá la verdadera libertad no consista en dejar de querer cosas, sino en aprender a quererlas sin convertirnos en sus prisioneros.
Hacer nuestra parte.
Disfrutar mientras esté presente.
Y, cuando llegue el momento, saber soltar para poder seguir escuchando la música.
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